
A continuación un caso de un adolescente que sufre por que sus padres quieren manejar toda su vida y no dejan que haga lo que a el le gusta.
espero que les guste...
Un niño de 14 años fue llevado por sus padres al consultorio del Dr. Benjamín B. Wolman (autor del libro) para que lo atendiera. Esos padres eran personas inteligentes y estaban preocupados.
–El chico necesitaba psicoterapia –me dijeron .Está muy nervioso. Le da miedo nadar. No juega a la pelota con otros muchachos, los rehúye y juega solo. ¿Qué será de él cuando sea mayor y nosotros ya no podamos atenderlo?
La historia, tal como la fue revelando el propio muchacho, aclaró las causas de su conducta introvertida. El pasatiempo preferido del padre consistía en ridiculizarlo. Cada vez que el muchacho intentaba obtener algún apoyo le decía:
–Eres un cobarde. ¿Por qué no quieres nadar? ¡Es solamente agua¡ ¿Por qué tienes tanto miedo? ¡Debería darte vergüenza!
El padre era un hombre de negocios deportista, ambicioso que realmente le disgustaba que su hijo no mostrara las mismas características. Todos los veranos la familia pasaba las vacaciones en alguna playa. El padre, el cual era buen nadador arrastraba a su hijo hasta el mar y le llenaba la cara de agua. Cuando el chico había tragado mucha y estaba casi al borde del colapso, el padre riendo, lo arrastraba hasta aguas más profundas.
El padre decía que no deseaba hacerle daño a su hijo, lo único que pretendía era “ayudarle a convertirse en un hombre”. Estaba convencido de que al obligarle a enfrentarse a los peligros, haría de él un hombre valiente.
– ¡Y entonces padre e hijo podremos ir juntos a todas partes! ¿No es verdad, doctor?
En cierta ocasión aquel hombre empujó a su muchacho a aguas tan profundas que estuvo a punto de ahogarse. Inmediatamente acudió en ayuda y los puso a salvo. Estaba muy orgulloso de sí mismo y creyó que, puesto que el chiquillo había pasado lo peor, ya no tendría miedo al agua. Pero el muchacho se hallaba en un estado de choque y su temor se convirtió en pánico. Todos los veranos sufría toda una serie de enfermedades respiratorias, para protegerse de las “lecciones de natación” que le daba su padre.
Aunque la madre de este niño no compartía el entusiasmo de su esposo por la natación, estaba de acuerdo con él sobre varios otros puntos. Ambos deseaban que su hijo llegara a interesarse en el negocio de la familia. El muchacho era buen estudiante y sobresalía en las matemáticas. Los padres se lamentaban diciendo:
–Podría ser un contador excelente ya que, desafortunadamente, no es lo bastante listo para ser abogado.
Pero el hijo, que iba a la cabeza de los alumnos de su edad en la escuela, no tenía interés alguno de los negocios, el derecho o la contabilidad. Se destacaba en el estudio de las ciencias y, con ayuda de su maestro bien dispuesto, había realizado sus propios experimentos de química.
– ¿A quién le interesa la química? –Decían sus padres en son de queja–. En un año y medio nuestro hijo terminará la secuandria y empezará estudios superiores. Nosotros queremos que obtenga un título de licenciado en administración de empresas o algo así. Es nuestro hijo y deberá atender a su familia.
Con estas palabras lo que los padres querían decir realmente es que el muchacho debía ser una copia exacta de su padre.
El chico me habló de los planes que tenía para el futuro. Quería llegar a ser químico, un gran químico, pero estaba poco seguro de sí mismo. Pensaba que tal vez su padre estaba en lo cierto, que él era verdaderamente un cobarde que “se escondía en un laboratorio para huir de la vida real”. La dura crítica de sus padres había menoscabado su confianza en sí mismo y no estaba seguro de poder realizar sus planes.
Reconoció que no le gustaba el fútbol pero que sí le había gustado el béisbol y el basquetbol hasta que, por desgracia, su padre le vio jugar con sus compañeros. El no era el mejor jugador pero tampoco se contaba entre los peores. Aquella noche el padre entretuvo a algunos invitados relatando, con abundancia el gesto caricaturescos, lo mal que jugaba su hijo. Tan cruel crítica bastó para que el hijo ya no sintiera deseos de jugar ningún juego de pelota.
Aquel hombre, al obligar prematuramente a su hijo a enfrentarse a peligros superiores a sus fuerzas, lo había desalentado. Otros padres no permiten que sus hijos se enfrenten a dificultad alguna y con ello sólo perpetúan los temores infantiles. Algunas madres, especialmente, creen que al cobijar bajo sus alas protectoras a sus hijos les ayudan, cuando en realidad no hacen más que sofocarlos.
Cuanto más pequeño es el niño, mayor daño pueden causarle a su personalidad y a su desarrollo. Los niños que son golpeados frecuentemente y que viven bajo el terror de la cólera de los padres y de los castigos corporales pueden tener graves trastornos emocionales.
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